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Ruta del Hereje

20 marzo, 2020

Miguel Delibes nos lleva a la España de la Inquisición a través de la vida de Cipriano Salcedo, protagonista de la novela por la que el escritor vallisoletano logró su segundo Premio Nacional de Narrativa, El hereje. Un retrato fiel del Valladolid de Carlos V y de los terribles autos de fe de 1559.

El histórico cisma en la Iglesia provocado por las tesis de Lutero, el clima de sospecha y de rencor, le sirven a Delibes para lanzar este grito contra la intolerancia. Escribir del pasado para hablar, también, del presente.

Seguimos los pasos de Cipriano Salcedo mientras visitamos algunos de los rincones más bellos de la ciudad: súmate a nuestra Ruta del Hereje.

Plaza de San Pablo / Corredera de San Pablo

Cipriano Salcedo nació a las dos y media de la madrugada del 31 de octubre de 1517 en el número 5 de la Corredera de San Pablo, hoy calle de las Angustias.

El protagonista del Hereje llegó al mundo en un entorno que, sin él saberlo, determinaría su trágica vida, pero también la historia del mundo occidental.

El futuro rey Carlos V entró en Valladolid, donde sería coronado rey de Castilla, el 18 de noviembre de 1517. En su primera estancia en la ciudad se alojó en el Palacio de Pimentel -entonces de los condes de Rivadavia y hoy sede de la Diputación-. En este mismo palacio nació, en mayo de 1527, Felipe II, bajo cuyo beneplácito se celebraron los autos de fe -históricos- que cierran la novela.

Plaza de las Brígidas / El mundo de los letrados

Ignacio Salcedo, tío del protagonista, oidor de la Real Audiencia y Chancillería , representa el mundo de los letrados en el siglo XVI.

Los Reyes Católicos fijaron en Valladolid la sede de la Audiencia (el más alto tribunal de justicia) en 1480. Se instaló de forma definitiva en el Palacio de los Vivero (junto al actual Hospital Clínico), donde Isabel y Fernando contrajeron matrimonio. La institución no se suprime hasta el siglo XIX.

La placa que nos recuerda este episodio histórico está instalada en el Palacio del Licenciado Francisco Butrón, quien fue uno de los abogados más reputados de la Audiencia en el siglo XVI, hoy sede del Archivo de la Junta de Castilla y León.

Calle de San Ignacio / Los palacios de la nobleza

En esta zona existieron tantas casas nobiliarias que fue apodada ‘calle de los palacios’. En la actualidad se conservan el Palacio de Fabio Nelli, el de los Marqueses de Valverde, la casa del Marqués de Castrofuerte o la casa de los Arenzana.

El personaje don Carlos de Seso (en la placa) existió. Quien fue corregidor de Toro oyó la nueva doctrina en Italia y la predicó en España. Es, para algunos historiadores, el creador del núcleo luterano de Valladolid. A través de Leonor Vivero y de su hijo, el doctor Cazalla, alcanzó a extender la doctrina en círculos nobiliarios y eclesiásticos de la ciudad.

Cuenta Julio Alemparte en su libro Andanzas por la vieja España que Carlos de Seso, al pasar delante del rey Felipe II camino de ser quemado en la hoguera, le espetó que ‘cómo le dejaba quemar’, a lo que el monarca respondió: ‘Yo traeré leña para quemar a mi hijo si fuera tan malo como vos’.

Plaza de la Trinidad / Almacén de la judería y Hospital de Expósitos

La actual Biblioteca de Castilla y León fue, en la época en la que se ambienta El hereje, palacio de los Condes de Benavente. El edificio quedó en desuso después de dos terribles incendios y pasó a albergar la Real Casa de Misericordia, el Asilo de Niños Expósitos y la Maternidad a principios del siglo XIX. La placa nos sitúa junto a lo que fue un colegio de expósitos para recordarnos la situación que vivió Cipriano hasta que fue reclamado por su tío Ignacio.

Además, el almacén de lanas que hereda, nos dice Delibes, se encontraba en la vieja judería de Valladolid (existió otra extramuros). Se encuentra, además, junto al Puente Mayor, único cruce del río Pisuerga a su paso por la ciudad en aquella época y camino más directo a Burgos, villa que se enriqueció enormemente en el siglo XVI con el comercio.

Calle de Santo Domingo de Guzmán / Los conventos de la reforma

Si la calle de San Ignacio es ‘la calle de los palacios’ podemos decir que Santo Domingo de Guzmán es ‘la calle de los conventos’: encontramos los conventos de Santa Catalina de Siena y de Santa Isabel. Nos cuenta Delibes que el de Santa Catalina, junto con los conventos de Santa Clara y Santa María de Belén, eran frecuentados por Cipriano para difundir las tesis del doctor Cazalla.

Dos hermanas del doctor Cazalla, Leonor y Beatriz, eran monjas de estos conventos. Pudieron ser ellas quienes introdujeran las tesis reformistas.

Esta placa recuerda a Ana Enríquez, personaje histórico que en la novela mantiene una estrecha relación con Cipriano Salcedo. De noble estirpe y gran belleza (también en las crónicas) fue condenada a subir al cadalso con sambenito y a mantener un ayuno de tres días.

Capilla de los condes de Fuensaldaña / El entierro de Leonor Vivero

Leonor Vivero fue la madre del doctor Cazalla. Fue acusada de profesar el luteranismo hasta su último aliento, si bien debió de ocultar sus opiniones, pues aceptó recibir la unción antes de morir. Su casa fue uno de los principales centros del protestantismo en la ciudad.

Delibes sitúa su sepultura en la capilla de los Condes de Fuensaldaña. Hoy es una de las salas del Museo Patio Herreriano. Puede visitarse de forma gratuita como parte del complejo dedicado al arte contemporáneo.

Plaza de Fuente Dorada / La procesión de los Herejes

De esta plaza, la de la Fuente Dorada, salía la calle de Orates, la que desde finales del siglo XIX conocemos como calle de Cánovas del Castillo. Aquí se encontraba el Hospital de los Inocentes o de Orates, un centro asistencial para enfermos mentales.

En la novela de Delibes, Cipriano Salcedo se ve obligado a ingresar a su esposa Teo cuando esta pierde el juicio. También sitúa este enclave como punto por el discurría el cortejo de los herejes que partía de la cárcel secreta de la Inquisición hacia el auto de fe.

Plaza Mayor / El auto de fe

La placa ubicada en la esquina de la Plaza Mayor con la calle de Santiago remite a uno de los episodios más oscuros de nuestra historia: los terribles autos de fe de 1559.

El macabro juicio, al que se somete Cipriano Salcedo en la novela, se convirtió en un espectáculo de masas. Ese año Valladolid acogió dos autos de fe. El primero, en mayo, se saldó con la quema de 14 personas. Al segundo, con 13 reos llevados al quemadero, asistió Felipe II, lo que solo hizo que esta práctica ganara en popularidad.

Los autos de fe públicos -pues también los hubo privados- de esta época se pregonaban con días de antelación. La plaza se acondicionaba con un gran cadalso y púlpitos para el predicador, los relatores o el oficio de la misa. A su alrededor, graderías para el público. Por terrible que nos pueda parecer ahora, en su día era un acontecimiento social que nadie quería perderse.

Calle del Atrio de Santiago / La prédica del Doctor Cazalla

El doctor Agustín Cazalla fue el principal representante del luteranismo en Valladolid. Sus viajes por Europa como capellán del emperador Carlos V le pusieron en contacto con las tesis protestantes surgidas en Alemania que, con licencia del Papa, estudia para poder combatirlas.

Regresa a España en 1552 y se establece en Valladolid en 1556. Comienza a predicar en la Iglesia de Santiago, ante la Corte presidida por la regente Juana de Austria. Tenía fama de ser un predicador brillante.

Su alta posición social no le salvó de ser condenado a muerte en los autos de fe de mayo de 1559.

Plaza de Zorrilla / El quemadero

Lo que hoy es la plaza de Zorrilla quedaba fuera de los muros de la ciudad en el siglo XVI. Separada de la villa por la desaparecida Puerta del Campo, este entorno extramuros era el quemadero.

Aunque casi todos los condenados eran ejecutados mediante garrote vil antes de la quema pública, algunos fueron quemados vivos. Se trataba, principalmente, de quienes no mostraron arrepentimiento público.

El afán de borrar hasta la memoria de quienes se habían apartado de la Iglesia era tal que incluso los huesos de aquellos que habían muerto antes de terminar el proceso eran llevados a la hoguera. Es el caso, por ejemplo, de Leonor Vivero.

Las palabras que la última placa de esta ruta rescata de El hereje dejan entrever el final de Cipriano Salcedo. Un pequeño spoiler que no estropea la grandeza de esta novela, un grito contra la intolerancia que bien merece una relectura en estos tiempos.

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