Arte y Museos

Berenice Abbott, la nueva mirada de la fotografía

3 diciembre, 2015

Exposición de Berenice Abbott en Valladolid“Hacer el retrato de una ciudad es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente, porque la ciudad está cambiando siempre”, solía decir Berenice Abbott. Sin embargo, a ella una vida le dio de sí para retratar una urbe tan versátil como Nueva York, para capturar la esencia del círculo de pensadores más ilustre de su época y para exprimir la belleza estética de la fotografía científica.

En la historia Abbott están presentes los elementos que marcan la vida de tantos artistas: el origen humilde, la dedicación vehemente, la penuria económica, la injusta falta de reconocimiento en vida y la devoción de crítica y público a modo de triunfo póstumo.

Si un solo rasgo tuviese que definir el estilo de su fotografía, el documentalismo respondería mejor que ningún otro a tal cometido. Supo adaptar cada elemento al fin que la autora le concedía a la imagen como “uno de los principales medios de interpretación”.
La exposición de Berenice Abbott en Valladolid se aproxima a la figura de la artista a través de sus tres facetas principales: su debut como retratista, su proyecto de mayor envergadura, referido a la ciudad de Nueva York, y su casi desconocida labor en el ámbito de la ciencia.

 

Cocteau en la cama con máscara. París, 1927

Cocteau en la cama con máscara. París, 1927

Retratos de ilustres

Nacida como Bernice en Ohio en 1898, y después de formarse en la universidad de su estado natal, se traslada a Nueva York para completar sus estudios en escultura. En la ciudad a la que después dedicaría una década conoció a Man Ray, uno de los fundadores del dadaísmo. Abbott se trasladó a París como ayudante personal de Man Ray donde se rebautizó a la francesa como Berenice.

Pronto destacaría entre la diáspora de eruditos y creadores americanos afincados en la meca de la intelectualidad europea, llegando a realizar sus primeras exposiciones. El talento llamó la atención de su maestro, quien la percibió como un digno rival, pero también de la nómina de modelos que aceptaron posar para ella: Cocteau, Joyce, Ernst, Guggenheim… una colección digna de las mejores tertulias del París de entreguerras.

Su regreso a Nueva York y el estallido de la Gran Depresión ponen en jaque su carrera como retratista. A su interés nato por documentar los cambios que había vivido la ciudad durante su idilio parisino se unió el menos agradable cierre de su estudio en plena crisis económica. Aunque no abandona por completo esta faceta –en la exposición de Valladolid pueden verse ejemplos de retratos tomados en décadas posteriores-, el año 1929 marcaría un punto de inflexión, un giro radical de profundización en el documentalismo.

 

Ciudad Arabesque. Nueva York, 1938.

Ciudad Arabesque. Nueva York, 1938.

Nueva York, trabajo de una vida

Changing New York es, sin duda, la serie más importante de Berenice. Si su estancia en Europa y la influencia de Eugène Atget y su serie sobre París sentaron las bases de su personal sello compositivo, su investigación documental sobre la transformación urbanística de Nueva York consolida el estilo que legó a la historia de la fotografía, una mirada moderna y una compleja visión de la imagen como documento.

Con Changing New York materializa sus postulados sobre la fotografía, que parten de la necesidad de dejar “de imitar a otras artes” para “ser ella misma”. De no cumplirse esta premisa, “nunca madurará”, sentenció Abbott.

Entre 1929 y 1939, con el apoyo económico del gobierno desde 1935, plasma su fascinación por los cambios físicos que podían palparse en la ciudad. Los edificios bajos del siglo XIX sucumbían ante nuevas construcciones de proporciones impensables hasta entonces. Son los años del Empire State, del Rockefeller Center. La máquina de Abbott realiza una continua oda a la modernidad y a los rascacielos, a las estaciones de trenes, a las gasolineras. Yuxtapone luces y sombras, contrapicados y picados extremos, tratando con una visión conceptual “las calles, los paisajes, la tragedia, la comedia, la pobreza, la riqueza”. Una ferretería podía ser tan intensa como el edificio más titánico de la ciudad. Quería documentarlo todo.

 

Berenice_abbott_ciencia

Berenice_abbott_ciencia

La ciencia como arte

Un legado tan icónico como Changing New York relega a un segundo plano su faceta menos conocida como maestra de la fotografía de los fenómenos científicos con pretensiones divulgativas. “Vivimos en un mundo moldeado por la ciencia, pero nosotros, los profanos, no comprendemos o no apreciamos el conocimiento que controla hasta tal punto nuestra vida cotidiana”, dejó escrito.

Si la pasada década se interesó por la modernidad arquitectónica, había llega el momento de sentir fascinación por la ciencia, por la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, por el lanzamiento del Sputnik, por los misterios de la luz que era materia de toda fotografía.

En esta última etapa de su carrera se enfrenta al reto de plasmar, fiel a su ambición realista, fenómenos ‘invisibles’ como los campos magnéticos, bellos como el paso de la luz a través de un prisma o tan cotidianos como unas pompas de jabón.

Tres dos décadas dedicadas a la divulgación científica, en 1958, el Instituto Tecnológico de Massachusetts le encargó documentar principios como el de la mecánica, el electromagnetismo y las ondas, para lo que tuvo que desarrollar nuevos dispositivos que le permitieron, una vez más, romper con las tendencias establecidas. Sin perder un ápice de elegancia. Sin renunciar a la belleza estética, pero sin conceder tregua a la fotografía en su idea de alejarla de otras artes.

“Una fotografía no es una pintura, un poema, una sinfonía ni una danza. No es únicamente un cuadro bonito, ni el ejercicio de una contorsionista. La fotografía es, o debería ser, un documento significativo, una declaración penetrante que se podría describir con un simple término: selectividad”, dejó escrito Berenice Abbott.

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