Personajes e historia

200 años de José Zorrilla

21 febrero, 2017

¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?.’ ¿Quién no ha recitado los versos más famosos del romanticismo español? El autor que inmortalizó el mito del Don Juan, José Zorrilla y Moral, vino al mundo en Valladolid hace hoy 200 años.

El poeta y dramaturgo nació, el 21 de febrero de 1817, en la actual casa-museo José Zorrilla, situada en calle de la Ceniza de Valladolid –hoy calle Fray Luis de Granada-. Hijo de un relator en la Real Chancillería, de rígida moral conservadora, y de madre piadosa en exceso, mantuvo siempre una difícil relación con sus progenitores que nunca supo endulzar.

La casa natal del poeta, hoy casa-museo José Zorrilla

La casa natal del poeta, hoy casa-museo José Zorrilla

Después de residir de forma fugaz en Burgos y en Sevilla, su familia se estableció en Madrid. El pequeño José, de 9 años, comenzó a estudiar en el Seminario de Nobles de los jesuitas, para matricularse en 1833 en la Real Universidad de Toledo. Dado el poco interés que demostró el poeta por los estudios, su padre decidió devolverle a Valladolid, en cuya facultad estuvo matriculado entre 1833 y 1836. Matriculado, sí, pero con el mismo interés nulo en las materias que no tuviesen que ver con el dibujo, la literatura…o las mujeres. En esta época comienza su inclinación por autores como Alejandro Dumas, Victor Hugo o Espronceda, quien se consolidó como una importante influencia en la obra de Zorrilla.

El castigo de su recto padre no se hizo esperar y mandó confinarle en Lerma, nuevo hogar familiar; pero el joven José, que apenas sumaba 19 años, desafió a su progenitor y se fugó a Madrid.

El periplo madrileño y el nacimiento de un mito

El propio Zorrilla confesó la mala vida que llevó en la capital. Se hizo pasar por artista italiano, publicó en periódicos que fueron embargados y tuvo que huir de la policía ayudado por un gitano. Durante esta turbulenta época fraguó una amistad con Massard que le catapultaría al estrellato. El artista le invitó a recitar unos versos durante el entierro de Mariano José de Larra, el 15 de febrero de 1837.

retratoEse vago clamor que rasga el viento
Es la voz funeral de una campana:
Vago remedo del postrer lamento
De un cadáver sombrío y macilento
Que en sucio polvo dormirá mañana

Entró en el camposanto como un donnadie y lo abandonó convertido en la sensación del momento: los poetas le invitaban al Café del Príncipe, intimó con Hartzenbusch y con su admirado Espronceda, el periódico El Porvenir le contrató y El Español le ofreció la vacante del mismísimo Larra.

En 1838 contrajo matrimonio con una viuda irlandesa, Florentina O’Reilly, 16 años mayor que él y madre de un hijo. La suerte no le acompañó en su matrimonio: tuvieron una hija que falleció mientras el joven José coleccionaba amantes.

Como dramaturgo, disfrutaba de su éxito y reputación allá donde iba. En 1839 estrenó su primer drama en el Teatro Príncipe, Juan Dándolo, y entre 1840 y 1845 publicó su famosos Cantos del trovador y escribió en exclusiva para el Teatro de la Cruz 22 obras, entre ellas Más vale llegar a tiempo, Vivir loco y morir más, Cada cual con su razón y, el 28 de marzo de 1944, Don Juan Tenorio.

 

Del éxito profesional a la desdicha personal

Pero las desdichas personales no dejaban de atormentarle. En 1845, abandonó a su esposa y huyó a París, donde llevó una vida austera y de aislamiento, pero de emocionantes relaciones culturales. Finalmente, viajó a México, donde entabló una estrecha amistad con el emperador Maximiliano.

Regresó a España, en 1846, al fallecer su madre. Tres años después le seguiría su padre, con que nunca restableció la relación con su hijo, algo que marcaría la conciencia de Zorrilla. Comienza una época de apuros económicos para el poeta, que, sin embargo, recibía reconocimientos a su talento tan importantes como su ingreso en la Real Academia o en la junta del Teatro Español. 

Durante los siguientes años viajó a París, donde vivió una apasionada aventura con su amante Leila, a Londres, a Cuba y a México, su hogar durante una década bajo la protección de Maximiliano I. Cuando regresó a España, en torno a 1866, se enteró de dos muertes: la de su esposa, que no debió de causarle gran pesar, y a quien sustituyó por la actriz Juana Pacheco; y la del emperador de México, al que dedicó los versos dolidos de El drama del alma.

Una vez más, los apuros económicos le perseguían, pese a su éxito. Los derechos de autor, tal y como los entendemos hoy en día, no estaban protegidos en el siglo XIX, sino que los ingresos se limitaban al momento de la venta de cada obra y no a su posterior uso y reproducción. ¿De qué vivía, entonces, el laureado poeta? En buena parte, de su fama, que llenaba sus recitales; pero también de la ayuda del Gobierno o de Ayuntamientos como el de Valladolid, que lo nombró cronista oficial de su ciudad natal en 1884.

La devoción que sentía el pueblo por José Zorrilla fue patente en su entierro, apenas cuatro años después de recibir este honor de la capital que le vio nacer. El 23 de enero 1893, con 76 años, el poeta murió en su casa madrileña a causa de una operación para extraerle un tumor cerebral.  En 1902 se dio por fin cumplimiento a la voluntad de Zorrilla y su cuerpo fue trasladado al Panteón de Vallisoletanos Ilustres del cementerio del Carmen de Valladolid.

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