El entierro de Zorrilla en Madrid: el pomposo funeral del hombre que repudiaba su glorificación

Apunte del natural de la capilla ardiente, por Carcedo, publicado en la revista Blanco y negro.

Apunte del natural de la capilla ardiente, por Carcedo, publicado en la revista Blanco y negro.

 

Pidió ser enterrado en su ciudad natal, en tierra, sin panteón ni pretensiones de glorificación póstuma. Una losa de piedra común con la inscripción ‘El poeta José Zorrilla, hijo de Valladolid’ debía ser el único homenaje del aclamado escritor, ídolo en vida por el ya célebre Don Juan Tenorio.

Zorrilla se convirtió en el paradigma de artista nacional, poeta del pueblo sobre cualquier inclinación política, a diferencia de otros escritores enterrados con honores que militaron en partidos, caso de Martínez de la Rosa (presidente del Consejo de Ministros con el Partido Moderado) o de Gaspar Nuñez de Arce (ministro con el Partido Progresista de Sagasta). Este último, también vallisoletano e íntimo de Zorrilla, encabezó años después la comisión encargada de dar cumplimiento al testamento del autor del Tenorio y retornar sus restos a Valladolid, curioso episodio que merece otra entrada.

Este desinterés manifiesto por entrar en la vida política del que hizo gala Zorrilla fue, paradójicamente, razón de la politización de su funeral. Querido por el pueblo, sencillo en formas, vividor desatado de todo lujo y autor de versos susceptibles de ser interpretados en clave nacionalista, el luto por Zorrilla fue tratado por el Estado como un conveniente acontecimiento en plena crisis nacional.

 

El laureado rapsoda murió el 23 de enero de 1893 a los 75 años, como consecuencia de una intervención para extirparle un tumor cerebral. Sabedor de su destino, dejó constancia ante notario de su deseo: un entierro sencillo, en su ciudad natal, donde debía recibir sepultura sin lujos ni alardes. Los inextricables intereses políticos, sin embargo, truncaron esa voluntad para hacer de su muerte una suerte de fiesta nacional.

Todo estaba orquestado para exaltar el duelo colectivo. La capilla ardiente se instaló en la Real Academia Española y no en el Congreso, como se hizo con otros tantos escritores, para destacar la desvinculación política del finado. Pese a esta decisión, la relación del poeta con la Academia fue rígida y recelosa: fue nombrado por primera vez en 1848, pero no llegó a leer su discurso ni a ingresar, y por segunda vez en 1882, pero no pronunció la lectura de ingresos hasta tres año después.

Crónica de El Eco de Castilla

Crónica de El Eco de Castilla en la que se destaca la solemnidad del acto.

El 25 de enero, dos días de la muerte de Zorrilla, tuvo lugar su sepelio. El cortejo aglomeró a representantes de las más altas instituciones: el segundo marqués de Hoyos enviado por la regente, ministros, Cánovas del Castillo como presidente de la Academia de Jurisprudencia, el general Martínez Campos o el secretario de la Academia, Tamayo y Baus. Estuvo, asimismo, representado el gobierno por Eduardo Vinceti, la Academia de Historia por Menéndez Pelayo, de la Asociación de Escritores y Artistas por Julio Vargas y la Academia por Juan Valera, entre otras tantas instituciones. También acompañaron al cortejo José Echegaray, en representación del Ateneo que no pudo acoger la capilla ardiente, y José Antonio López Pintó por el Ayuntamiento de Valladolid, que tuvo que renunciar a dar sepultura al poeta.

Políticos, artistas o escritores seguían a la comitiva en más de trescientos coches, cuentan las crónicas de aquel día, que señalan la multitud que pasó por la capilla ardiente –más de 50.000 personas, destacó El Liberal– y que se congregó en las calles Valverde, Desengaño, Fuencarral, Montera, Puerta del Sol, Mayor y Cuesta de la Vega para presenciar el traslado al camposanto con un comportamiento ejemplar:

“Ha sido tan numerosa la concurrencia que es imposible determinar el número de personas que han presenciado el paso del cadáver, pero a pesar de tanta aglomeración de gente ha sido tal el orden, respeto y cordura guardado por el pueblo de Madrid que hay que hacerlo justicia de enviarle un sincero aplauso por la sensatez que ha demostrado”  Crónica de El Eco de Castilla.

Era costumbre en los desfiles fúnebres de los dramaturgos realizar paradas frente a los teatros, el cortejo que despidió al autor de tantos y tan laureados versos pasó de largo por los escenarios que en los que habían tomado vida el pastelero de Madrigal, el capitán Montoya y los inevitables referentes doña Inés y don Juan. Las autoridades alegaron que querían evitar demoras en el traslado del féretro, pero, pese a la excusa -nueva seña del uso interesado del sepelio-, sí se hicieron altos frente al Ayuntamiento de Madrid y la iglesia de la Almudena.

A las cinco de la tarde del día 25 de enero de 1893, Zorrilla fue enterrado en la sepultura número 14250 del patio de Santa Gertrudis, en el madrileño cementerio de San Justo. Tres años pasaron antes de que la pugna entre los ayuntamientos de Valladolid y Madrid para dar cumplimiento a su deseo:

… la caja será envuelta y enterrada en el suelo y en tierra sin panteón, ni alegoría mundana que pretenda vida ni glorificación póstuma. Sobre su sepultura no ha de ponerse más que una losa de piedra común, y por único recuerdo esta inscripción: ‘El poeta José Zorrilla, hijo de Valladolid’. Alrededor de la fosa se pondrá una pequeña verja de hierro para evitar las profanaciones, y de esta fosa no permitirá jamás el Ayuntamiento que sus restos sean exhumados.

 

Fragmento del testamento de Zorrilla en el que manifiesta su deseo de ser inhumado en Valladolid.

Fragmento del testamento de Zorrilla en el que manifiesta su deseo de ser inhumado en Valladolid.

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