Personajes e historia

Aquí sí hay playa

28 abril, 2016

En Valladolid, para sorpresa de quien nos visita, no hace falta coger el coche para tomar el sol o darse un baño en la playa. En la orilla izquierda del Pisuerga, entre el puente del Poniente y el Puente Mayor, limitando con el Paseo de las Moreras que le da nombre, se encuentra un arenal completamente equipado para disfrutar de las cálidas tardes estivales: la playa de Valladolid.

El Pisuerga siempre ha sido un espacio de ocio para los vecinos: desde que en el siglo XIX comenzase a utilizarse como escenario de citas deportivas, hasta las primeras casetas de baño, primero para hombres y después, aunque con menos éxito dado lo pudoroso de la época, una para mujeres.
Pocos años después se levantaron las Piscinas Samoa. Inauguradas el 29 de junio de 1935, en la zona conocida como el Espolón Nuevo, contaban con un espacio infantil y otro para adultos. El paso de los años y las crecidas que acompañan al Pisuerga cada primavera fueron deteriorando su estado, hasta su derribo, en 1998.

Piscinas Samoa Valladolid

En grande, las piscinas en los años 60. A la derecha, su interior y su estado después de una riada.

Aunque las Piscinas Samoa eran un soplo de aire fresco en la ciudad, los vallisoletanos que no podían escapar el fin de semana a Santander seguían añorando la arena. José González Regueral, alcalde entre 1949 y 1957, propuso, ya en el primer año de su mandato, dar gusto a las clases menos pudientes y elevó la idea al Ayuntamiento, que fue frustrada por el Servicio Provincial de Sanidad al considerar que no era aconsejable la construcción de una playa “hasta que los colectores de alcantarillado y el general desemboquen bastantes más alejados de la ciudad”, como recoge José Miguel Ortega en su libro Valladolid cotidiano.

Sin embargo, en apenas dos años se inauguró la playa de Valladolid, bautizada como playa del Batán, equipada con vestuarios dotados de doce cabinas –seis para cada género- , aseos, guardarropa y botiquín. La primigenia ‘arena’, por darle un nombre, era tierra mezclada con cantos, una tortura para los pies de los bañistas.
El modesto arenal pronto se quedó pequeño ante el éxito que tuvo entre los vallisoletanos y se amplió por primera vez en 1953, mejorando sus instalaciones y añadiendo una terraza que servía bebidas y bocadillos. Además, como cuenta Ortega, se puso en marcha un servicio de alquiler de enseres, al precio que recoge en ‘Valladolid cotidiano’: 24 trajes de baño de señora, 36 de caballero y 24 albornoces, a una peseta; 30 toallas a 25 céntimos, sombrillas a 1,50 pesetas y salvavidas a 50 céntimos.

Playa Moreras Valladolid

La playa, en distintas épocas, pero siempre llena de gente.

 

Tan solo dos años después se realizó una tercera ampliación y mejora en las casetas, a cuyo uso, por cierto, obligaba el Ayuntamiento, con bandos que dictaban la prohibición de vestirse o desvestirse fuera de ellas. Ante todo, que no se perdiese el pundonor: también quedaba prohibido el uso de trajes de baño indecorosos y las faltas morales.
Por aquella época también se podían alquilar pequeñas barcas de madera para navegar por el río, una flota de recreo a la que se incorporaron, en 1959, barcas metálicas a pedales bautizadas como ‘Kometas’, que apenas duraron un par de veranos. Pero el río conoció otros inusuales habitantes desde los que saltaban los bañistas o que los escupía desde toboganes.

playa barcos

Las ampliaciones de la playa de Valladolid – la última, que incluyó las canchas deportivas, a costa de las Piscinas Samoa – se han sucedido hasta alcanzar su configuración actual: 200 metros de largo y cincuenta de ancho, con un agradable paseo limitando con la calle Isabel la Católica. De forma paralela han aumentado los servicios: socorrista –solo duratne la temporada oficial de baño, desde las fiestas de San Juan hasta justo antes de la Virgen de San Lorenzo-, aparcamiento, chiringuito, torres de ducha, acceso para minusválido a través de pasarelas de madera, el navío La Leyenda del Pisuerga e, incluso, un servicio que remueve la arena a diario.

Circula una ‘leyenda urbana’ entre muchos vallisoletanos que asegura que la arena se trae de playas cántabras, pero no hace falta ir tan lejos para encontrar su origen: Portillo. Cada año, para paliar los efectos de las riadas es necesario reponer la playa con más de 1.500 toneladas de arena, una tarea que implica varias jornadas de trabajo en los albores de la temporada estival.

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1 Comentario

  • Reply Javier Aranguren 15 julio, 2016 at 10:24

    Con tanta gente esta playa no tiene nada que envidiar a las de la costa, y seguro que el agua está hasta más tranquila y es más fácil bañarse en ella.

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